ASTRONOMIA
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ASTRONOMIA

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Introducción: La astronomía es la ciencia que estudia el origen, el desarrollo y la composición de los astros, y las leyes de su movimiento en el universo.
Según el fin que se persiga en el estudio de los astros la astronomía se puede dividir en varias ramas diferentes: la astronomía práctica, que estudia los aparatos y técnicas precisos para el desarrollo de las demás ramas de la astronomía; la cosmogonía, que, del estado actual del universo, infiere cual fue su origen y cómo ha evolucionado; la astrofísica, que investiga la constitución y propiedades físicas y químicas de los componentes del universo; la astronomía esférica o de posición, que tiene por objeto establecer sistemas de coordenadas que permitan fijar las posiciones de los astros; la mecánica celeste, que estudia los movimientos de los astros en relación con las causas que los producen (fuerzas), y, apoyándose en la astronomía esférica, calcula las órbitas y trayectorias que seguirán los astros, o la posición de ellos en un determinado momento del pasado.

Para la observación e investigación de los astros se utilizan muchas técnicas diferentes y, por lo tanto, podemos también dividir la astronomía según el método o la técnica utilizada en dicha investigación: la astronomía visual es la más antigua de todas, ya que se realiza directamente o con telescopios; la astronomía fotográfica complementa a la anterior mediante información plasmada en fotografías del cielo; la astronomía espectroscópica utiliza el análisis espectral de los astros (cada elemento tiene su espectro característico) para obtener la composición química de éstos; la radioastronomía estudia las ondas de radio emitidas por los cuerpos celestes; la fotometría estelar se encarga de medir la intensidad luminosa de los diferentes cuerpos de esta naturaleza, principalmente estrellas; la astronomía geodésica, topográfica o náutica son otros tipos menos importantes.

La astronomía es una de las ciencias más antiguas del ser humano, ya que se tiene constancia de su existencia desde que las primeras civilizaciones (Babilónica, Egipcia, India, Fenicia, China...) empezaron a poblar el planeta, en torno al 4000 a. C. (hace, por lo tanto, más de 5000 años.)

Aunque la técnica de la que estos primeros pueblos disponían no era la adecuada para obtener conocimientos profundos en este tema, ya que todavía no disponían de los telescopios que el avance de la técnica proporcionaría más tarde, si les servía para conocer la dinámica de los principales cuerpos celestes en el cielo (el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno y las estrellas de la bóveda celeste.)

Los albores de la astronomía:
En Mesopotamia, entre los diversos pueblos que dominaron esta región desde el 4000 a. C. hasta el siglo VI d. C. (unos cuarenta y ocho siglos de historia), destacó la civilización babilónica (en especial el pueblo caldeo) que, como hemos comentado antes, fue una de las primeras en desarrollar ampliamente esta ciencia. Los babilonios y sumerios ya conocían muchas constelaciones en torno al 3000 a. C., e incluso, algunos siglos después, dispusieron de un calendario basado en las regularidades de los movimientos de diferentes astros del cielo. Fueron, de hecho, los babilonios de la ciudad de Ur los que, en el año 2238 a. de C. registraron un eclipse de Luna, el primero del que tenemos constancia escrita. Los primeros astrólogos aparecieron también en Mesopotamia, con la misión de estudiar los movimientos de los astros en el cielo y, basándose en ellos, realizar augurios para los reyes. La historia de la astrología está tratada con más profundidad en el reportaje El fraude de la astrología.

El pueblo maya (situado en América Central), que alcanzó su esplendor entre el siglo III a. C y el IX de nuestra era, también destacó por sus conocimientos astronómicos; de hecho, todavía siguen sorprendiendo a los científicos actuales. El calendario solar maya resultó ser el más preciso hasta la implantación del sistema gregoriano en el siglo XVI en los dominios cristianos. Además, todas las ciudades del periodo clásico (tales como Palenque, Tikal, Copán, etc.) están orientadas respecto al movimiento de la bóveda celeste. Muchos edificios fueron construidos con el propósito de escenificar fenómenos celestes en la Tierra, como el templo de Kukulcán, en Chichén Itzá, donde se observa el descenso de una serpiente del mismo nombre formada por las sombras que se crean en los vértices del edificio durante los solsticios de verano e invierno. Las cuatro escaleras del edificio suman 365 peldaños, los días del año. En varios códices de la época y en numerosas estelas se encuentran los cálculos de los ciclos de la Luna, del Sol y de Venus (asociado por ellos al dios de la lluvia), así como tablas de periodicidad de los eclipses.

Otra cultura centroamericana, la azteca (situada más al norte que la maya), desarrolló conocimientos similares a los de la anterior durante unos dos siglos, antes de la conquista española. Disponían de calendarios relacionados con los movimientos que observaban sistemáticamente en el cielo, así como con su mitología.

Los egipcios también fueron un pueblo con conocimientos astronómicos; pero no desarrollaron este campo tanto como los babilonios. Un claro ejemplo es la pirámide de Keops, cuyos ángulos quedan orientados a los cuatro puntos cardinales; además, los conductos de ventilación de la cámara real de la pirámide apuntan uno a la estrella Polar y el otro a Sirio (en una determinada época del año). Muchos de los dioses egipcios estaban relacionados con la bóveda celeste: Shu, el dios de la atmósfera; su hija Nut, la diosa del cielo, etc. Además, los faraones se denominaban "hijos del Sol".
Por su parte, los astrónomos chinos realizaban cartas celestes para la dinastía reinante, en las que reflejaban las constelaciones del Zodíaco, los equinoccios y los solsticios y otras configuraciones de los planetas y la Luna.

La astronomía clásica:

Sin embargo, fue la cultura griega la que desarrolló la astronomía clásica más que ningún otro pueblo de la antigüedad. Los griegos tuvieron que realizar sus trabajos astronómicos de idéntica manera que los babilonios, pero concibieron el universo de forma geométrica, en vez de sobrenatural. La concepción general del cosmos que tenían los griegos (excepto casos concretos de sabios como Aristarco o Pitágoras), y junto a ellos el resto de pueblos de aquella época, era la de un mundo geocéntrico; es decir, la Tierra se encontraba situada en el centro del universo, y el resto de cuerpos celestes giraban en torno a ella. Esta idea se mantuvo vigente hasta el siglo XVI, como se verá más adelante.
Fueron muchos los pensadores y sabios griegos que dedicaron parte de su tiempo al estudio del cosmos:


Tales de Mileto (640-546 a. C.) es recordado principalmente por sus métodos para la predicción exacta de los eclipses; sin embargo, esta capacidad era ya poseída por los babilonios varios siglos más atrás, por lo que no resulta tan sorprendente.
Pitágoras (575-497 a. C.) fue el primer conocido que afirmó la esfericidad de la Tierra, así como la aparente irregularidad de las órbitas de los cuerpos del Sistema Solar en su trayectoria por el cielo. Afirmó que el cielo se componía de esferas cristalinas, con la Tierra ocupando el centro de todas ellas.
En torno al 350 a. C., Aristóteles describió el mecanismo de los eclipses. Aristarco de Samos (310-230 a. C.) fue el primero en afirmar que la Tierra gira alrededor del Sol. Asimismo, hizo un cálculo del diámetro del Sol y de la distancia del astro a la Tierra. Aunque su método era correcto, sus cálculos no lo fueron debido a la falta de instrumentos precisos.

Eratóstenes (275-194 a. C.) calculó, sin necesidad de avanzados instrumentos de medición, el radio de la Tierra y, lógicamente, el tamaño y volumen aproximado de ésta. El resultado de Eratóstenes, sorprendentemente, resultó ser muy exacto teniendo en cuenta la carencia de instrumentos de medición de aquella época.



Fue también un sabio griego, Hiparco de Alejandría (190-125 a. C.), quién, en el siglo II antes de Cristo, inventó el astrolabio, un instrumento que servía para medir la altura de los astros con respecto al horizonte, e incluso determinar la distancia en grados entre ellos. También ideó el sistema de magnitudes para clasificar las estrellas según su brillo aparente. Hiparco también descubrió la precesión y realizó uno de los primeros catálogos de estrellas.

Posteriormente, en torno a 150 d. C., Claudio Tolomeo recopiló gran parte del saber astronómico del mundo antiguo.

Los árabes no contribuyeron en gran medida al desarrollo de la astronomía, se limitaron simplemente a conservarla casi tal y como la habían dejado los griegos. Los únicos avances que se registraron fueron los realizados por Albatenio (Al-Battani, en árabe) (858-929 d. C.), el hijo de un constructor de instrumentos astronómicos. Éste repasó todos los cálculos realizados por Tolomeo y añadió algunas mejoras. Utilizó mejores instrumentos que los griegos y, como resultado, obtuvo un cálculo más exacto de la duración del año.

Por otra parte, la mayor contribución de la astronomía árabe fue el perfeccionamiento de la trigonometría esférica. Entre sus aportaciones técnicas más destacadas se encuentra la mejora del astrolabio durante los siglos X y XIII.

 
La teoría heliocéntrica:
Como antes habíamos comentado, el geocentrismo se mantuvo vigente hasta que Nicolás Copérnico (1473-1543) formuló la teoría heliocéntrica, en la que el Sol quedaba situado en el centro del universo, y el resto de planetas, incluida la Tierra, giraba en torno a él.
Ésta nueva teoría supuso una revolución en el mundo de la astronomía, ya que a partir de ese momento dejó de verse al planeta Tierra y al hombre como epicentro del resto de las cosas existentes. Representó también un duro golpe para la Iglesia, que defendía la teoría geocéntrica como una interpretación intocable de la Biblia. Ésta se cobró en aquella época muchas víctimas inocentes acusadas de herejía, cuyo único delito fue confiar en la ciencia antes que en los relatos mitológicos sin comprobación científica.

Otro significativo empujón a la astronomía lo dio Tycho Brahe (1546-1601), quien realizó un catálogo

de objetos celestes con más de 770 estrellas. Además, este noble danés formuló otra teoría menos conocida sobre el universo: él creía que la Tierra era el centro del universo y que el Sol orbitaba en torno a ella, pero los demás planetas lo hacían en torno al Sol.
La formulación de las leyes de Kepler, obtenidas en 1609 por el científico Johannes Kepler (1571-1630) gracias a los datos obtenidos por Brahe, marcó el inicio de una nueva época para la astronomía. Estas tres leyes desterraban aun más si cabe la concepción geocéntrica del universo. Eran las siguientes:

1ª ley: Los planetas describen órbitas elípticas alrededor del Sol, que está situado en uno de los dos focos de la elipse.
2ª ley: Los planetas barren áreas iguales en tiempos iguales.
3ª ley: El cuadrado del período de revolución de cualquier planeta es proporcional al cubo de la distancia media del planeta al Sol: T2 = k · r3, ("k" = constante).

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